¿ESTAMOS CONTENTOS CON EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS?
Publicado: Lun Jul 25, 2005 5:35 pm
YO CREO QUE NECESITAMOS MAS ESTADO Y MENOS AUTONOMIA. CREO QUE CIERTAS COSAS DEBEN VOLVER A SER GESTIONADOS DE NUEVO POR EL ESTADO.
--------------------------------------------------------------------------------
Estado de desorden
Esto no hay quien lo arregle. No es posible que un año tras otro nos demos de bruces contra los mismos problemas. Un incendio, y otro incendio. Una desgracia, y otra desgracia. ¿Cuántos incendios y cuántas desgracias se tienen que producir para que nos demos cuenta de que este Estado no funciona? Ayer fue el Prestige. Anteayer el vertido de Bolidén. Y ayer y anteayer, y hoy como ayer, el mismo muro de fracasos y lamentaciones. Las autonomías, el Estado de las autonomías, no es precisamente una maravilla. No está siendo lo mejor para España. Está claro que descentralizar servicios es necesario y bueno. Es lógico pensar que a más cercanía más agilidad. Pero hablamos de agilizar, no de complicar. La descentralización es buena cuando es ordenada y funciona. Pero no lo es cuando se convierte en más problema y en más burocracia. En doble burocracia. Que es lo que está pasando aquí. Que es lo que ocurre cuando en vez de establecer una línea jerárquica, estableces una doble línea, o líneas paralelas de mandos y submandos. Se enfrentan unos con otros hasta llegar a no entenderse. Sucede, por ejemplo, cuando hay que abordar un problema en el País Vasco o en Cataluña. O en Andalucía o Castilla-La Mancha. Prefieres quedar mal antes que pedir auxilio al Estado. Ya es un hecho constatado que la Ertzaintza no pasa nunca un dato operativo a la Policía Nacional sobre la lucha contra Eta. En educación es cada vez más difícil compatibilizar estudios, según qué autonomías. En Sanidad estamos ante diecisiete sistemas diferentes, que funcionan cada uno a su bola sin orden ni concierto. Quedaba la justicia, la política exterior, el Ejército. Queda alguna cosa más, pero poco. Afortunadamente, el Ejército se mantiene indivisible. Igual que la política exterior. Pero a la justicia también le llega el turno. La pretendida descentralización de tribunales superiores y consejos autonómicos no va a ser más que un nuevo motivo para trocear el país en diecisiete pedazos desgajados. Tranquilo, hombre, te dicen ellos, porque quedará la unidad de doctrina. El tése y el cégepejota serán órganos superiores de armonización. Y usted que se lo crea. Y yo lo vea, amigo. Pasará como con la alta inspección en educación y sanidad. Que no sirven de nada. Que nadie les hace caso. Que no tienen valor real a la hora de tomar decisiones. Como ocurre, y estamos viendo, con el medio ambiente. Con el fuego. Con los desastres. Con los prestiges. Se enzarzan unos con otros en reproches y peleas, y nadie solventa de verdad las situaciones. Prefieren que se queme el monte antes que pedirle hidroaviones al Estado. Por favor, ¿pero aquí cómo va a intervenir el Estado? ¿Para qué queremos al Estado? En Alemania ya se han dado cuenta de que el principio de toda descentralización es la buena organización. No hay descentralización eficaz sin organización eficiente. Y están en un proceso de recuperación de competencias. Porque se han dado cuenta de que en determinados momentos es bueno el principio de autoridad y de unidad de acción. Es bueno que aunque la competencia sea de una autonomía, la autoridad final sobre esa competencia recaiga en el Estado. Y no como ahora, que cada autonomía actúa al margen del Estado. En los momentos de crisis, en situaciones difíciles, la unión hace la fuerza. Siempre serán mayores y mejores los medios sumados de Castilla-La Mancha y Madrid y Valencia en la lucha contra incendios, que el heroísmo absurdo de uno solo separado de los demás. Pero esa autoridad sobre medios y esfuerzos tiene que recaer en alguien, la tiene que liderar alguien. Y ese alguien es el Estado. El Gobierno central, que ha de conservar la facultad de intervenir en los casos que considere oportuno. Sea en Galicia con el Prestige o en Andalucía con Bolidén o en Castilla-La Mancha con el incendio de Guadalajara. O en Cataluña con el temporal. O en Euskadi con el terrorismo. En Estados Unidos, cuando la Policía Federal interviene, las demás Policías se ponen a sus órdenes. Algo que aquí es impensable. El problema es que aquí estamos empeñados en ir cada uno por nuestra cuenta. En la doble burocracia. Venga transferir competencias a las autonomías para que luego las autonomías las dilapiden o las dupliquen o no sepan ejercerlas. Da miedo pensar que ahora están en la carrera por apropiarse de las competencias exclusivas del Estado. Los puertos, los aeropuertos, las aduanas, la justicia. Hay una clase política emergente que pretende desnudar al Estado, sustituirlo para crear otro a su imagen allí donde gobierna. Y se aprovechan de los débiles o ilusos para avanzar en sus desafíos. Dejando a su paso un estado de desorden que abruma. Que falla una y otra vez al gestionar los problemas del ciudadano. Un día es la sequía. Otro los atascos. Otro el Prestige. Y otro los incendios. Como hemos vuelto a ver ahora en Guadalajara.
--------------------------------------------------------------------------------
Estado de desorden
Esto no hay quien lo arregle. No es posible que un año tras otro nos demos de bruces contra los mismos problemas. Un incendio, y otro incendio. Una desgracia, y otra desgracia. ¿Cuántos incendios y cuántas desgracias se tienen que producir para que nos demos cuenta de que este Estado no funciona? Ayer fue el Prestige. Anteayer el vertido de Bolidén. Y ayer y anteayer, y hoy como ayer, el mismo muro de fracasos y lamentaciones. Las autonomías, el Estado de las autonomías, no es precisamente una maravilla. No está siendo lo mejor para España. Está claro que descentralizar servicios es necesario y bueno. Es lógico pensar que a más cercanía más agilidad. Pero hablamos de agilizar, no de complicar. La descentralización es buena cuando es ordenada y funciona. Pero no lo es cuando se convierte en más problema y en más burocracia. En doble burocracia. Que es lo que está pasando aquí. Que es lo que ocurre cuando en vez de establecer una línea jerárquica, estableces una doble línea, o líneas paralelas de mandos y submandos. Se enfrentan unos con otros hasta llegar a no entenderse. Sucede, por ejemplo, cuando hay que abordar un problema en el País Vasco o en Cataluña. O en Andalucía o Castilla-La Mancha. Prefieres quedar mal antes que pedir auxilio al Estado. Ya es un hecho constatado que la Ertzaintza no pasa nunca un dato operativo a la Policía Nacional sobre la lucha contra Eta. En educación es cada vez más difícil compatibilizar estudios, según qué autonomías. En Sanidad estamos ante diecisiete sistemas diferentes, que funcionan cada uno a su bola sin orden ni concierto. Quedaba la justicia, la política exterior, el Ejército. Queda alguna cosa más, pero poco. Afortunadamente, el Ejército se mantiene indivisible. Igual que la política exterior. Pero a la justicia también le llega el turno. La pretendida descentralización de tribunales superiores y consejos autonómicos no va a ser más que un nuevo motivo para trocear el país en diecisiete pedazos desgajados. Tranquilo, hombre, te dicen ellos, porque quedará la unidad de doctrina. El tése y el cégepejota serán órganos superiores de armonización. Y usted que se lo crea. Y yo lo vea, amigo. Pasará como con la alta inspección en educación y sanidad. Que no sirven de nada. Que nadie les hace caso. Que no tienen valor real a la hora de tomar decisiones. Como ocurre, y estamos viendo, con el medio ambiente. Con el fuego. Con los desastres. Con los prestiges. Se enzarzan unos con otros en reproches y peleas, y nadie solventa de verdad las situaciones. Prefieren que se queme el monte antes que pedirle hidroaviones al Estado. Por favor, ¿pero aquí cómo va a intervenir el Estado? ¿Para qué queremos al Estado? En Alemania ya se han dado cuenta de que el principio de toda descentralización es la buena organización. No hay descentralización eficaz sin organización eficiente. Y están en un proceso de recuperación de competencias. Porque se han dado cuenta de que en determinados momentos es bueno el principio de autoridad y de unidad de acción. Es bueno que aunque la competencia sea de una autonomía, la autoridad final sobre esa competencia recaiga en el Estado. Y no como ahora, que cada autonomía actúa al margen del Estado. En los momentos de crisis, en situaciones difíciles, la unión hace la fuerza. Siempre serán mayores y mejores los medios sumados de Castilla-La Mancha y Madrid y Valencia en la lucha contra incendios, que el heroísmo absurdo de uno solo separado de los demás. Pero esa autoridad sobre medios y esfuerzos tiene que recaer en alguien, la tiene que liderar alguien. Y ese alguien es el Estado. El Gobierno central, que ha de conservar la facultad de intervenir en los casos que considere oportuno. Sea en Galicia con el Prestige o en Andalucía con Bolidén o en Castilla-La Mancha con el incendio de Guadalajara. O en Cataluña con el temporal. O en Euskadi con el terrorismo. En Estados Unidos, cuando la Policía Federal interviene, las demás Policías se ponen a sus órdenes. Algo que aquí es impensable. El problema es que aquí estamos empeñados en ir cada uno por nuestra cuenta. En la doble burocracia. Venga transferir competencias a las autonomías para que luego las autonomías las dilapiden o las dupliquen o no sepan ejercerlas. Da miedo pensar que ahora están en la carrera por apropiarse de las competencias exclusivas del Estado. Los puertos, los aeropuertos, las aduanas, la justicia. Hay una clase política emergente que pretende desnudar al Estado, sustituirlo para crear otro a su imagen allí donde gobierna. Y se aprovechan de los débiles o ilusos para avanzar en sus desafíos. Dejando a su paso un estado de desorden que abruma. Que falla una y otra vez al gestionar los problemas del ciudadano. Un día es la sequía. Otro los atascos. Otro el Prestige. Y otro los incendios. Como hemos vuelto a ver ahora en Guadalajara.