Retrato en un espejo
Por Mito de Fausto
Apuró su café y, tras dejar unas pocas monedas sobre la mesa, abandonó el local apresurado. El frío penetrante y el hedor a pavimento mojado por la lluvia caída a primeras horas de la tarde parecían acompañar al presagio de que algo desagradable sucedería esa misma tarde. Julián caminaba inquieto, pensativo, atravesando calles y avenidas sin levantar la mirada del suelo más que para cruzar de una acera a otra. La llamada de su amigo le había dejado muy preocupado. Sabía que Míchel, como gustaba llamar a su amigo de forma afectiva, pasaba últimamente por un mal momento, por lo que no se veía en absoluto sorprendido cuando, de tanto en tanto, acudía a él para desahogarse. Esa tarde, empero, el tono del amigo hacía sospechar que necesitaba algo más que un hombro en el que llorar. Julián le había notado más nervioso y disperso de lo habitual; profería frases inconexas con alguna que otra incoherencia, además de algún tartamudeo esporádico.
Míchel había sido desde su juventud un chico agradable, muy dedicado y pendiente de los suyos y siempre se ganaba las simpatías de la gente allá por donde iba. Provenía de un entorno humilde y todo lo que tenía lo había conseguido con mucho esfuerzo y sacrificio. Nunca le habían faltado amigos, pues su carácter sencillo y atento actuaba como un imán para mucha gente. Desde temprana edad se había ganado la admiración de su entorno gracias a su trabajo y eficacia. No eran pocos, de hecho, los que aseguraban ver en él un muchacho de gran porvenir, aunque Míchel procuraba no dejarse llevar por los halagos y los tomaba como simples habladurías de la gente del pueblo, que, poco acostumbrada a distinciones y alabanzas, debía de ansiar una figura local que sobresaliese y se forjase un nombre más allá de las fronteras de la región. Sin embargo, aquellos pueblerinos no andaban para nada desencaminados. A base de trabajo y constancia, amén de una ilusión y un entusiasmo inusitados, Míchel consiguió, de forma paulatina, ir abriéndose paso entre los más grandes del gremio, lo que le permitió ganarse en el ámbito nacional el mismo respeto y admiración que había despertado no mucho antes en sus paisanos.
Julián había conocido a Míchel con apenas doce años. Una tarde, junto a su padre y uno de sus hermanos, había tenido oportunidad de verlo en plena faena; poco más de una hora bastó para dejarle fascinado. Las ganas y el empeño que dedicaba a su trabajo se traducían en eficacia, en una labor exquisita y digna de auténtica satisfacción personal. El amor por la labor bien hecha y el ímpetu con que llevaba todo a cabo fue lo que levantó la admiración de Julián. Aquella misma tarde lo conoció personalmente y en poco tiempo, pese a la marcada diferencia de edad entre ambos, se hubo convertido en uno de sus más fieles amigos. Ya desde el primer día, Míchel, a pesar de todo su reconocimiento y de su posición social privilegiada, le había ofrecido una amistad sincera y mostraba en todo momento la misma humildad de sus orígenes que tanto éxito le había brindado.
Pero, para bien o para mal, casi todo en la vida es efímero o, al menos, más breve de lo que en ocasiones uno pudiera desear. Con los años, Julián se fue convirtiendo en testigo de excepción de la progresiva decadencia profesional y personal de su amigo. Poco a poco, sin motivo aparente, tal vez por conformidad con lo que ya tenía o quizás por la falta de apoyo en momentos puntuales, todo el éxito cosechado en los últimos años, que coincidieron con los de la madurez en todos los sentidos, se tornó en fracaso e ineficacia. Los aplausos y felicitaciones de tiempos atrás dieron paso a críticas y reproches.
Míchel, habituado durante los últimos tiempos a logros y palabras de reconocimiento, no fue capaz de encajar su fracaso. Fue precisamente el propio fracaso el que le condenó y le superó a él. A raíz del duro golpe que el destino le había asestado, aquel hombre, ya por entonces de pelo cano, perdió de forma incomprensible la personalidad que había forjado desde la juventud. Del mismo modo, la madurez y la claridad de ideas que había adquirido durante su etapa más gloriosa quedaron relegadas al olvido. Todo aquello fue sustituido por continuas depresiones y dudas sobre sí mismo, lo que en cierta ocasión había conducido incluso a un intento de suicidio, abortado in extremis por unos conocidos.
Y es que a menudo, la vida sitúa enormes piedras en el camino del que menos lo merece. Las más veces se trata de obstáculos salvables sin mayor dificultad y de los que se suele extraer un aprendizaje provechoso. Sin embargo, hay ocasiones en que, aunque no sabes por qué, aun habiendo caminado por los senderos más correctos de la vida, el destino te introduce de forma inesperada en un tortuoso laberinto del que no resulta nada sencillo salir.
Míchel, sumergido en su nuevo y desconocido mundo de la adversidad, comenzó sin darse cuenta a desatender a mucha gente. Muchos de ellos tan sólo habían buscado el beneficio propio y colgarse medallas por su éxito, y tan pronto como fueron conscientes de su declive profesional lo abandonaron sin miramientos. Otros, en cambio, habían sido amigos verdaderos y le habían ofrecido toda su ayuda con su problema. Pero Míchel parecía no ser capaz nunca más de mostrarse dedicado hacia su gente, por lo que incluso éstos, pese a que le brindaron innumerables oportunidades para que cambiase su actitud, acabaron inevitablemente por marcharse de su vida, aunque no sin dolor. Poco o nada quedaba ya del antiguo Míchel; sus ilusiones y proyectos de futuro se venían abajo.
Sólo Julián quedaba a su lado. Éste había vivido una situación similar años atrás. No había sufrido ningún trastorno psicológico ni ninguna clase de depresión, pero, al igual que su colega, había perdido a su mejor amistad por ser demasiado descuidado y, aunque no perdía la esperanza de recuperarla algún día, aquel duro golpe le había enseñado a ser en adelante mucho más cuidadoso con los suyos. Por todo ello, sabía que debía estar en la medida de lo posible junto a Míchel durante esta complicada etapa, sin importar las circunstancias y el estado de su amigo.
Había pasado más de media hora desde la llamada de Míchel y Julián, atacado por los nervios, caminaba a paso cada vez más ligero, maldiciéndose a sí mismo por no contar todavía con vehículo propio. Por fin giró la esquina en Avenida de Alicante y avanzó hasta el número dos de Jaime Pomares Javaloyes. Llamó al timbre y el propio Míchel, sin ni siquiera contestar, abrió la puerta. Míchel se encontraba en un estado deplorable, con un evidente gesto de desesperación en su rostro; su mirada denotaba histeria pero al mismo tiempo se le veía hundido, abatido, sin fuerzas para seguir dando rienda suelta a la ira que le invadía. Julián observó el desorden que su amigo había provocado en el dormitorio, pero sus ojos no se clavaron en ningún objeto destrozado sino en la caja de fármacos que había sobre la mesita de noche.
-¿Eso de ahí no será para...? –preguntó atemorizado. Una gota de sudor descendió por su frente.
-Sí..., sí..., es... eso, lo que estás pensando –respondió Míchel con voz entrecortada -. Pero al final no me atreví y fue entonces cuando te llamé. Si lo hago, al menos que sea después de haberte visto por última vez; al fin y al cabo eres lo último que me queda.
-Venga, no digas eso –intervino Julián, tratando de animarlo como fuese.
-Es que llevo tanto años así, que incluso me cuesta recordar cómo era antes, cómo trataba a los demás, lo querido y aceptado que era... Ahora, en cambio, todo es al contrario, todo va mal. Y este letargo me mata, Julián. Cuando parece que veo la luz al final del túnel todo se viene abajo de nuevo. Por mucho que lo intento no avanzo; son muchos los años que llevo estancado en el mismo sitio, sin avanzar. Ya no vale la pena continuar.
Julián miró a los ojos a su amigo, hundido y débil como era habitual en él en los últimos tiempos. Lo agarró del brazo y le ayudó a levantarse de la cama.
-Ven, Míchel, o Mi Elche si lo prefieres. Mírate en el espejo. ¿Qué ves? Yo a simple vista veo un ser alicaído, destrozado por el paso del tiempo y por las circunstancias. En cambio, cuando te miro a los ojos veo el retrato de ese alguien especial que en su día luché por conocer y por formar parte de su vida. Veo a ese Elche que con su encanto y su entrega maravilló primero a la gente del pueblo y más tarde al resto del país. Ese Elche que con su forma de ser y de actuar hacía disfrutar a los suyos, siempre atento con ellos, dándole más de lo que algunos podrían haber esperado. ¿De verdad piensas que ya no vale la pena continuar? Recuerda que llegaste a pasarlo peor que ahora, con aquel intento de suicidio en el 94. Pero por suerte, aún estás aquí y, aunque no acabas de ver la luz al final del túnel, aún hay muchas razones para seguir. Y tú lo sabes bien, Mi Elche, pues esta vez no has ido en serio con el suicidio; esta vez te has echado atrás tú solito porque sabes que tienes que devolver lo que le debes a aquella gente que con mucho dolor se separó de ti. Ellos no te han olvidado, sólo esperan todavía, a pesar de que han pasado muchos años, un cambio en tu actitud. Se mueren de ganas por tenerte de nuevo entre ellos, pero, eso sí, con tu carácter y personalidad de antaño.
Mírate en el espejo cada día y dime que no cesarás hasta ver tu propio retrato reflejado en él. Y, ay, amigo mío, confío tanto en ti, que estoy plenamente convencido de que de ahora en adelante lo vas a intentar con todas tus fuerzas, de que ya no te quedarás tantos años en el letargo esperando el fin de tus días. Sé que esta vez sí, en breve, lograrás recuperar tu esencia y, con ella, el éxito y el cariño perdidos.
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